La cuchara…la primera toma de contacto.

¿Qué clase de instrumento extraño es este, mami? ¿Para qué sirve? ¿De verdad tengo que comer con esto? ¿Ya no me va a caer la lechita a chorro desde el bibe? Todo esto debió pensar mi pequeño culebrillo el primer día que le di (o que intenté darle) la primera papilla.

A los 4 meses ya nos dijo la pediatra que podíamos empezar con la alimentación complementaria. Siguiendo sus instrucciones empezamos a añadirle cereales SIN GLUTEN en el último bibe del día (con la intención de que durmiera más horas durante la noche).

Para empezar, comprobamos que, como nos esperábamos, aquello no caía por el agujerito de la tetina. Hay tetinas para cereales, pero nosotros, ni cortos ni perezosos decidimos coger una tetina de nivel 1 que ya no usábamos y agujerearla un poco rudimentariamente. Y sí, cumplimos el propósito de las horas de sueño, hasta que se acostumbró, ahora ya vuelve a despertarse…ays.

La idea era ir aumentando los cazos de cereales en el bibe hasta que fuera tan espeso que tuviéramos que pasar al plato. Yo creo que no llegué a tanto. Después de dos semanas de cereales “líquidos” decidí ya hacerle papilla. También por la noche, con la misma ilusa intención.

Día 1: Papilla de la misma cantidad que le tocaría en el bibe. Y por la noche. Ingenua de mí. A la primera cucharada ya me puso una cara de “¿qué quieres que haga yo con esto?”. No es que BEBÉ.M no hubiera visto nunca tan extraño artilugio, las vitaminas ya se las dabámos en cucharita desde el primer día pero nunca había tenido que “hacer esfuerzo” para comer. A la tercer cucharada ya se puso a llorar de “dame mi bibe, porfa mami, quiero el bibe”.

Día 2: También por la noche, pero le hice menos cantidad y más líquida. El resultado fue algo mejor que el día anterior, pero no se tomó más de la mitad.

Día 3: Cambio de horario. Le damos los cereales por la mañana. Ahí, empecé con una papilla pequeña, y se la tomó enterita. La diferencia se la completé con un bibe. Aguanté un par de días con esa cantidad y aumenté un poco más, completando la diferencia con su correspondiente bibe. Hasta llegar a la papilla completa sin necesidad de bibe.

Se pone contentísimo, demasiado contento incluso. Tanto, que se pone a hacer pedorretas con la boca llena, con la consecuente lluvia de papilla que va a parar, como no podía ser de otra manera, a la mami. Eso cuando no se pone a mover la cabeza como loco dificultando de manera notable mi tarea de atinar con la cuchara en la boca. Acaba con la cara entera llena de papilla. Espero que sea buena para el cutis.

Por cierto, la cuchara que utilizo es una que compré en el supermercado, especial para bebés, toda de silicona para que no le haga daño en sus delicadas y desdentadas encías.

Ahora ya estamos introduciendo también la fruta, pero esa historia ya os la contaré más adelante.

Y a vosotras, ¿cómo os fue la presentación de la cuchara?

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